A dentelladas

A dentelladas

Solo soy valiente con ella a través del folio en blanco o a través de la pantalla del teléfono.

Ni siquiera fuimos capaces de hacer el amor con la luz encendida. Solo la luna nos iluminaba.

No recuerdo cómo se desnudó ni cuándo lo hizo, solo sé que buscábamos nuestras bocas a piquitos desapercibidos, tumbadas muy cerca en la cama y, de repente, tiró de mi brazo hasta colocarme sobre ella y me encontré con su pezón entre mis labios –los de la cara–.

Y mordiscos. Muchos mordiscos.

Al día siguiente, no tenía un chupetón en el cuello, tenía un bocado que me tuvo los músculos de la zona palpitando durante un par de días. Como no hago más que recordarla sigo notando su huella, pero ese palpitar es otro cantar.

En esos días, viví toda una vida a su lado.

Ojalá hubiera mordido mi corazón hasta hacerlo desaparecer a dentelladas.

Así podría seguir en mi cómodo estado catatónico sin tener que enfrentarme a un amor que no era de mi talla.

© Sara Levesque 2021

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