Ojalá

Ojalá

Después de intercambiar unas palabras y varias docenas de risas, Sylvie llevó a la pequeña muchacha sureña hasta un restaurante llamado Ojalá, ubicado en un edificio de ladrillos pintados de blanco. Un lugar innovador en toda su esencia. Un local que Sylvie conocía hacía años y solo pudo disfrutar en dos ocasiones. Pocas veces, pero inolvidables. Emplazado en uno de los barrios más notables y tranquilos de Alsacia, no era de clase elitista, pero tampoco rozaba la pobreza. Un espacio normal, donde pasar desapercibido sin ser molestado por nadie.

Nada más entrar, sus paredes pintadas de color esperanza daban la bienvenida. Se apreciaba un calmoso hilo de música relajante de fondo que invitaba a aflojar el ritmo frenético del día a día. Razón que podía ser la causa de su cuantioso aforo. Aquella noche, a pesar del volumen de clientela, no entregaba sensación de agobio. Los camareros iban ataviados con delantales de rayas verticales de todos los colores, excepto el verde. Sylvie se quitó su boina granate y se giró hacia Noémie. Esta miraba encantada el local, demasiado colorido para la oscuridad en la que había estado viviendo. La cogió de la mano y se acercó a uno de los responsables detrás de la barra.

–Perdona, ¿te importa que bajemos un momento al sótano para que lo conozca? –le dijo al joven camarero, señalando a Noémie.

–Claro que no, es por allí –contestó el chico, levantando la vista de su tarea–. Si luego queréis bajar a tomaros algo, lo tenéis que abonar primero aquí en barra, ¿de acuerdo?

–Vale, gracias –respondió Sylvie, y acto seguido condujo a la poetisa escaleras abajo.

–Qué simpático, ¿verdad?

–Sí, da gusto encontrarse a gente así, de vez en cuanto –dijo Sylvie, mirándola por encima de su hombro, con suavidad.

La parte de arriba era muy brillante y luminosa. No así la de abajo. Ante ellas se desplegó una especie de sala de relajación. El suelo estaba completamente cubierto por arena. Infinidad de cojines lo bordeaban; unos morados, otros verdes, del mismo verde de las paredes de la planta superior. También tenían piedras en las esquinas adornando aún más el suelo, formando pequeñas torretas con diferentes formas. Parecían versos hechos de arena.

Las paredes conservaban a la vista sus ladrillos, lo que les daba un acertado toque expresivo y, al mismo tiempo, ambiguo. Algunos cuadros con fotos de paisajes de ensueño las decoraban. Unas imágenes coloridas, otras en blanco y negro, otras en sepia. Como hilo de fondo, muy tenue al igual que en la planta de arriba, música de piano mezclaba sus sonidos con los de tormentas y lluvia. Un puñado de personas tomaba sus cócteles, hablando en susurros.

Era un lugar rebosante de magia, sosiego y despreocupación. Un espacio en el que cualquiera desearía perderse unas horas. O para siempre. Un lugar de desconexión que recargaba la energía de los cuerpos, consumida por el estrés del trabajo rutinario. Sylvie se sorprendió de no haber ido más a menudo, con lo que le gustaba, y Noémie agradeció hasta la saciedad el descubrimiento de aquel bello restaurante.

Dieron media vuelta, subieron las escaleras de madera y buscaron un sitio en el que acomodarse. Las mesas y las sillas también eran de madera. Una primera capa de pintura marrón las cubría. Posteriormente lijada a propósito, revelaba otro tono de marrón, el de la auténtica madera desnuda, creando un aspecto alternativo admirable a los ojos de ambas mujeres. Otro puñado de mesas y sillas seguían el mismo proceso, algunas decoradas con pintura blanca. Decidieron sentarse cerca de la ventana, hacia uno de los extremos de la estancia. Ambas parecían disfrutar de apartarse de miradas curiosas y buscaban siempre los rincones de las salas, en los que poder estar a solas y conversar sin censuras de ningún tipo.

–Cuando voy a un restaurante, procuro sentarme siempre donde haya ventanas. Me gusta mirar la calle mientras como. Ver a la gente, cómo caminan, la cara que soportan… e imaginarme sus vidas –comentó Noémie, acomodándose.

–Entonces hemos elegido bien el sitio –Sylvie se desenroscó su querido pañuelo verde y rojo, lo colocó encima del abrigo y se sentó también. Aquel lugar era célebre por la singular sala del piso inferior, y por su peculiar menú, innovador y muy llamativo. Como todo en esa ciudad.

–Si tus gustos son limitados, puedes pedir un plato suelto de lo que te apetezca –explicó la pianista cuando les trajeron la carta–. Pero si no tienes problemas, aquí –señaló una hoja del menú- puedes escoger la cena toda de un color.

–¿Cómo, cómo? No entiendo… –preguntó Noémie, extrañada.

–Sí, mira. ¿Ves? –Le tendió el menú–. Tienen siete colores. Eliges uno y en el entrante, el primer plato, el postre y la bebida predomina ese mismo color.

–¡Vaya! Nunca lo hubiera imaginado. Es una idea de lo más atractiva –exclamó la poetisa, fascinada por la originalidad.

–Está muy bien pensado. ¿Qué? ¿Te animas?

Tras unos breves instantes de dudas, pidieron la cena. Noémie se atrevió con el color azul, y Sylvie optó por el blanco. El entrante de la escritora consistió en unas pequeñas rodajas de queso azul con uvas tintas; un primer plato compuesto por lomos de atún –pescado azul-, envueltos en patatas vitelotte y también con queso azul; como postre una porción de tarta de arándanos y moras azules; todo ello acompañado de vino a base de arándano azul. A Sylvie, por el contrario, le sirvieron un entrante de endivias con roquefort y almendras peladas; un primer plato consistente en coliflor con bechamel cubierta de queso suave; el postre, una panna cotta de coco; y todo regado con vino blanco.

–Al margen del color, casi todos los platos de aquí llevan queso. Espero que te guste.

–Sí, me gusta mucho. ¿Todos lo llevan?

–Por supuesto, fíjate. Pescado con queso –señaló el plato de la escritora–, endivias con salsa de queso –indicó su plato–, carnes con queso, café con queso…

Una jovial carcajada se escurrió del fondo de la garganta de Noémie, que en ese momento bebía de su copa y se salpicó. Dos bonitos hoyuelos hundieron las comisuras de su fina boca. Sylvie era dada a hacer, de vez en cuando, comentarios graciosos con el semblante lo más natural posible, para provocar risas de forma creíble. Aquella situación le parecía cada vez más adorable.

–Es algo que me recuerda a los restaurantes de Irlanda. Solo que allí lo típico es el puré de patatas. Acompaña a casi todos los platos.

–¿Has estado en Irlanda? –indagó con sorpresa Noémie.

–No, que va. Pero sé que es así.

Parecía que nunca se les acababan los temas. Eso era algo bueno. Sylvie hacía demasiado tiempo que no cenaba de manera tan agradable, sentada en una silla, con un plato de comida sana y caliente, de sabores y texturas deliciosas, junto a una mujer que le ofrecía su comprensión y que escuchaba cuando tenía algo que decir. Hablaban sin gritos, sin exasperarse, lejos de broncas y unidas por el mágico lazo de una profunda amistad que ya había comenzado a solidificarse. Mucho tiempo… Tanto, que ni se acordaba. Ante esa mujer, Sylvie era un libro abierto. Noémie, con su carácter curioso, quiso seguir averiguando datos de la artista.

–¿Así que eres pianista?

–Sí, a veces a mi pesar. Pero sí. Es difícil abrirse camino como artista hoy en día –explicó–. Lo cual es perfectamente lógico, pocas personas en este mundo tienen idea de quién soy –hizo una pausa–. A veces, ni yo misma lo sé.

–Eso es fascinante –musitó por lo bajo, paseando con los ojos por todo su rostro–. Me parece estar hablando conmigo misma.

–¿Soy tu espejo?

–No, pequeña, eres mi reflejo.

Se hizo un tierno silencio entre ambas. El corazón de Sylvie se aceleró. ¿«Pequeña»?

–Lo que acabas de decir… Es precioso –confesó Sylvie sin romper la comunicación de sus miradas–. Me alegra oírlo.

–¿Tienes algún libreto acabado? –quiso saber.

–Tengo uno. Aún no está acabado.

–Me encantaría poder escucharlo. Habiéndolo compuesto tú, sonará de maravilla –cuando hablaba, su voz era baja y serena, casi tan musical como el instrumento de Sylvie.

–Algún día lo acabaré. Y cuando eso ocurra, te lo dedicaré.

Era una propuesta íntima. Tan íntima, que se hizo el silencio de nuevo. Noémie, la inocente Noémie, ensanchó aún más su sonrisa y se cubrió las mejillas con ambas manos, aceptando que compartiera con ella su espléndido mundo interior, tan rico, tan puro, tan vivo.

–Aunque no soy yo quien toca –añadió, bajando la mirada. La poetisa permaneció contemplándola, con su acogedora forma de ser.

–¿Qué quieres decir?

Sylvie se inclinó sobre la mesa, echando su cuerpo hacia delante, como una confidente.

–Procede de otra parte –susurró–, y pasa a través de mí. Viene rápido y no soy consciente de estar tocando hasta que bajo la mirada y veo mis dedos en movimiento.

Antes de acabar su frase, Noémie asentía.

–Me choca que digas eso… –respondió la escritora, admirada–. Cuando escribo, siento lo mismo.

Las mesas vecinas se sometieron al mutismo de las dos artistas.

–¿Y cómo tienes pensado darte a conocer al mundo? –interrogó Noémie, rompiendo el sosiego; no así sus miradas.

Aquella era una pregunta que admitía varias lecturas, y Sylvie no supo a cuál de todas se refería.

–¿En qué sentido?

–Tu nombre. ¿Solo Sylvie? –insistió, apoyando los codos en la mesa, devorándola con los luceros que eran sus ojos–. ¿No resulta muy indeterminado?

–Oh, no –respondió, resbalando la mirada ante la postura indagadora adoptada por Noémie–. Ya lo había pensado. Creo que he encontrado un pseudónimo perfecto.

–¿Y puedo saber cuál es? –Sylvie adivinó que la muchacha trataba de disimular, sin éxito, su sensual sonrisa tras las manos. Tardó unos segundos en responder, pensando con intensidad que le encantaría apartar la mesa de su camino y hacerle ver el sentimiento que, flemático, surgía en su interior. Casi se había olvidado de lo que acababa de preguntarle.

–Levery. Sylvie Levery.

Noémie permaneció unos instantes en silencio, contemplándola, maravillándose, engatusándola. Y Sylvie se dejó contemplar, se dejó maravillar, se dejó engatusar… La conexión de sus intensas miradas detuvo el tiempo, congelándolo en aquel extraordinario momento. El restaurante desapareció por completo. No tenían los cafés ante ellas, ni habían cenado. La música de fondo quedó censurada, y los transeúntes, petrificados en las calles. Solo existían ellas dos, protegidas por el fulgor de algo que se estaba creando en torno a sus cuerpos, aún incierto, desprovisto de forma. Y que solo ellas veían. Los ojos de la poetisa se clavaban en los de Sylvie, con una expresión de inocente admiración.

–¿Qué me dices de tu apellido real?

–Mmm, mmmm… –fue su melódica respuesta, meneando la cabeza a ambos lados.

–¡Oh, vamos, por favor!

–No, preciosa. Ni hablar.

A medida que esa extraña pesquisa avanzaba, sus sonrisas crecían más y más, envueltas en una atmósfera atractiva y juguetona.

–¿Tan horrible es tu apellido italiano? –preguntó, tornando más intensos los relámpagos de su mirada.

–No, para nada. De hecho, es muy común –aquella muchacha era infatigable–. Forma parte de mi vida pasada. Ya he dejado atrás todo eso. Simplemente… Encuentro más atractivo un apellido en francés que el mío. Me resulta más… –clavó sus poderosos ojos en ella, desnudándola con la mirada–… sensual.

–Me gusta «Levery». Junto a tu nombre forma un todo elegante y único… Como tú. –añadió, guiñando un ojo de forma casi inapreciable, y ocultando su rostro tras la taza que se llevaba a los labios, prohibidos y aún lejanos.

Las dos mujeres acabaron la velada tranquilamente, hablando y hablando, riendo y hablando, disfrutando y hablando. La joven poetisa de vez en cuando soltaba alegres carcajadas. En un momento dado, después de sucumbir la cena, Sylvie se fijó en que su acompañante tenía una de las manos sobre la mesa y la otra no, y miraba absorta por la ventana, como buscando un horizonte que ya dormía o tenía muy visto. Sintió un terrible impulso. El impulso de alargar también su mano y acariciarla. Unir sus dedos con los de ella y dejarse arrastrar por lo que tuviera que pasar. Se lo imaginó en su cabeza. Algo le impedía convertirlo en realidad. No sabía que era. Supuso que miedo o inseguridad. Continuó mirando aquella mano unos instantes más y alzó la vista, buscando los ojos de la poetisa. Le parecía genuina. Para ella, era el canon de la belleza absoluta.

Noémie se excusó un momento y se dirigió al lavabo. En ese instante, fue Sylvie la que fijó su atención en el exterior. No veía lo mismo que Noémie, pero le gustaba lo que sugería. Se había alejado por unas horas de la rutina que absorbía su vida. Tampoco estaba tan mal abandonar esos hábitos de desidia de vez en cuando. La pequeña muchacha regresó del servicio, interrumpiendo esos pensamientos, y salieron a la calle.

Dieron un pequeño paseo por los alrededores del restaurante, conociendo más en profundidad el barrio en el que se encontraban, alargando la velada. Rondaban las once de la noche, era el final de la semana y aún se podía ver a gente por las calles haciendo lo mismo que ellas. La luna era tan solo una astilla pálida, taponada por abstractos cúmulos de nubes, que flotaba ajena a todo en la confusa oscuridad.

Sin darse cuenta, aquella velada se iba convirtiendo para Sylvie en una historia que contar, en algo que traducir a notas musicales. Algo con lo que finalizar su libreto. Un soneto diferente. Mágico. Romántico. Amoroso… En el transcurso de ese paseo, Sylvie averiguó que la joven era una gran aficionada al cine y a todo espectáculo visual.

–Una vez, cuando vivía en Fréjus, vi en el metro a alguien que me resultó familiar. Observándola con más detalle, vi que era la actriz de la película Mirrors. ¡Una actriz en transporte público! –Noémie aún parecía impresionada de aquel dato.

Sylvie pensó que esa mujer, tan inocente, tan dulce, tan pura, era arrebatadoramente magnífica. También pensó que se iba quedando sin adjetivos para definirla. Se sentía afortunada por los momentos que compartía a su lado.

–Me quedé allí, mirándola –continuó–, y ella en un momento concreto también me miró. ¡Me miró! –Se señaló el pecho, eufórica, como si le hubiese ocurrido pocos días atrás.

–¿Y te acercaste a saludarla?

–Qué va… Me dio mucha vergüenza –avanzaban con parsimonia, relamiendo el recuerdo.

–¿Cómo se llama?

–Mmm… Creo que Elena… –Noémie se detuvo en mitad de la calle, dejándose llevar por sus cavilaciones. Juntó sus bien perfiladas cejas, frunciendo el ceño–. Elena… No recuerdo el apellido.

–No importa, solo era curiosidad.

–Es una mujer preciosa. Tiene el rostro muy esférico pero no rollizo, y eso le da unos rasgos de suavidad sensuales y apuestos, casi antinaturales –explicó Noémie al tiempo que con las manos gesticulaba, simulando que sus dedos se aferraban en torno a algo esférico. Sylvie apreció que el menique se separaba del resto de sus dedos, rompiendo la armonía del conjunto y creando un nuevo esquema.

«¿Así agarrarías un pecho?», dijo para sus adentros la pianista al ver el gesto de esas manos. Su voz interior, cadenciosa y nada ronca, consiguió que esa imagen resultara más encantadora que vulgar.

–¿La has visto? –preguntó, poniéndose en marcha de nuevo.

–Lo siento, encanto, no veo muchas películas últimamente –respondió la pianista, desterrando de su mente la imagen de la mujer agarrando el seno invisible.

Noémie se ruborizó al no haberse dado cuenta antes. Sylvie no tenía ni televisión ni dinero que malgastar en cines. Prefería guardar sus ahorros para tabaco o comida. Como aquella cena, por ejemplo.

–Es una película antigua. Creo que de 1978. Me identifico mucho con el personaje que interpreta, de una mujer que cree que está maldita.

–¿En qué sentido?

–Pues porque yo también me he creído presa de una maldición. Por lo que viví, que te conté.

–Me cuesta creerlo.

–¿Por qué?

Ya está. Lo había hecho de nuevo. Con habilidad dio la vuelta a la conversación y Sylvie no fue capaz de percatarse de ello a tiempo.

–Eres una criatura muy optimista. No hay más que verte la cara. Siempre sonriendo. Te cincelaron el rostro desde los cielos con la sonrisa para que se mantuviera perpetua. Eres una mujer de carácter risueño. El carácter que más escasea en el mundo. Y el más necesario también. ¿Cómo podías sentirte atrapada en una maldición? Se ve a la legua que tú, con esa alegría que te caracteriza, puedes con todo lo que se te venga encima. Y puedes mucho mejor que la mayoría de nosotros. Donde todos vemos sombras, tú consigues ver la luz. Y hacérsela ver a los demás. ¿No te parece?

Era una mujer arrastrada por el furioso tornado de la muerte de su novio. Arrastrada, pero en absoluto erosionada. Acompañadas por esas palabras, llegaron hasta un cruce de caminos. Noémie se detuvo de pronto y asió el brazo de Sylvie.

–Yo vivo allí –dijo, señalando el edificio de color nacarado que se veía al fondo de la calle–, en uno de esos apartamentos.

«Acabo de echarle un piropo de los grandes… ¿Y no me va a decir nada?», pensó Sylvie, quedándose perpleja una vez más.

–Al final he conseguido acompañarte a casa –dijo, sonriendo.

–Aún no estoy en casa –rio la muchacha.

–Touché –era infatigable… Le fascinaba.

Se hizo otro inevitable silencio entre ambas mujeres.

–Ha sido una velada maravillosa –apuntó Noémie, despidiéndose con una repentina y poderosa intensidad en los ojos–. Gracias por tu sonrisa. He estado muy a gusto contigo.

–Yo también –Sylvie comenzaba a impacientarse. Cambió su peso de un pie a otro. Sintió que, junto a ella, se le antojaban los días abiertos y sus noches estampadas de estrellas.

«Sé tú misma», meditó, no demasiado segura de lo que aquello significaba.

Se dieron dos besos. Al volver a cruzar sus miradas, Noémie resopló casi imperceptiblemente, bajó un poco los hombros, sonrió y dio media vuelta para marcharse. Sylvie creyó ver decepción en el conjunto de sus gestos.

«¿Por qué prefiero ir a dar un paseo por un monte o la urbe y no decir nada hasta que te vuelvas y me mires, y tome entonces tu cálido rostro entre mis manos, y lo meza mientras te beso?», pensó con cierta angustia la pianista. «Ni siquiera sé quién eres, encanto».

Impulsada por el aroma afrutado que los cortos cabellos azabaches de la poetisa habían dejado en el ambiente, perfumándolo, y que la enloquecía, se armó de valor y decidió que fuera lo que tuviera que ser. Dio un paso adelante, agarrando con firmeza los hombros de la muchacha, girándola, y unió ya, con menos miedo, los labios a los suyos. Por un momento permanecieron así, juntas, fusionadas en una sola persona, sin ser conscientes de que, aunque el mundo se había detenido para las dos en varias ocasiones aquella noche, en realidad seguía su curso natural. Sylvie se separó primero. Los labios ya no le temblaban, y su mente había derrotado al miedo. Miró a la poetisa, pidiendo una respuesta por su parte con la mirada suplicante, soltando sus hombros y apoderándose ahora de sus pequeñas y lindas manos, frías debido a la noche, calentándoselas. Noémie no atinó a decir nada, y Sylvie necesitaba una respuesta por parte de la muchacha, positiva o negativa, porque el corazón le paseaba a martillazos por el pecho, y sus propios latidos resonaban con fuerza en los oídos y el fondo de su garganta.

–No eres muy de protocolos, ¿eh? –dijo Noémie, aturdiendo a la pianista, que no era ni de lejos la contestación que esperaba.

–No sigo el guion –fue todo lo que respondió–. Quiero besarte –volvió a besarla, imponiendo su temperamento, ahora sí, sin el menor atisbo de recelo.

–Eres impulsiva –susurró, mirándola muy intensamente.

Entonces Noémie se acercó hasta ella, agarró con dulzura su cara entre las manos y le otorgó otro beso, tan ansiado por la atormentada artista. Y tan pacífico a la vez. Sylvie también acunó su mentón.  El vello que le envolvía el rostro era de una suavidad extrema, invisible, aunque no para sus dedos. Sylvie tuvo tiempo para pensar que le gustaba notar el terciopelo de su bigotito de melocotón. Se separaron al cabo de pocos segundos.

«Me encanta que no dudes. Ni preguntes», pensó Sylvie.

–En cualquier caso –respondió muy próxima, muy cálida, y Sylvie correspondiéndola, agarrando su cintura, sin querer ni poder evitarlo–, nos veremos pronto. Ahora debo marcharme.

La artista se quedó algo desconcertada por segunda vez aquella noche. Aun así, no puso objeciones.

El cielo lucía con todo su esplendor sus galas nocturnas. A modo de joyas, portaba millones de incandescentes luceros, que se esparcían por el firmamento a años luz de ellas, cubriéndolas con su infinita túnica. Bajo la luz del gran globo de porcelana que iluminaba el firmamento, los ojos de la poetisa eran del color de esas estrellas.

Envuelta en una nube de incertidumbre, esperó de pie, con el frío nocturno ahora como única compañía, hasta que la pequeña Noémie llegó al punto más lejano de su campo visual, se giró, agitó una mano a modo de despedida, y desapareció con la noche, llevándose su perfume de frutas con ella en la flotante oscuridad.

Sylvie se encaminó hacia su apartamento, confusa pero también alegre, de la mano de la luna próxima al cénit, sonriéndole, acordándose de que no habían bajado a la planta arenosa del restaurante, al fin y al cabo. Eso no le quitaría el sueño, ya se encontraba flotando en uno. No recordaba haberse sentido tan feliz en su vida. El mundo entero se le antojaba completo, inmejorable y sentía que encajaba en él a la perfección. Al amor de las estrellas, se marchó a su piso.

© Sara Levesque 2019 ∞ 2021

2 pensamientos en “Ojalá

  1. Sabía que me encontraría con tanta belleza en este novela, Sara. No sólo no me decepcionas, sino que resultó mucho mejor experiencia. No soy fan de las historias románticas por su riesgo de alambique, pero tienes talento para los ámbitos y las voces. Abrazo, compañera de letras y mucho éxito siempre.

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