Ya sé lo que quiero ser cuando sea muerta

Ya sé lo que quiero ser cuando sea muerta

La literatura revolucionaria ya no es para mí. Siento que he avanzado otro peldaño hacia donde sea que vaya mi camino. Pasos aleatorios –o pasos en el Aleatorio– me hicieron darme cuenta de que la literatura revolucionaria y soez ya no es para mí. Los celos y las actitudes que ponen a un artista con el sombrero color pelusa de ombligo y le ponen verde de la envidia ya ha quedado atrás. Ese comportamiento de patio de colegio no es para mí.

En el fondo, estoy enamorada del imbécil que siente celos de mí, del éxito que no alcanzo porque lo persigo con el puño cerrado en vez de con la mano abierta, de la mariposa que creyó en mí, de la punkarra soez a la que me gustaría echarle polvos por escrito, de la desesperación de no saber si cobraré el mes que viene, del estúpido que presume de amiga escritora pero no compra sus libros, del suicida de los ’70 del que no puedo dejar de escuchar su alma en los placeres del puerto –llamé a mi guitarra acústica como a él, en su honor–, de los cigarros «calma-nervios» previos a una charla que no me termina de llenar, del polvo que le echaría a mi Musa amante si ella supiera que lo es, de amar el odio que me produce estar en el lugar equivocado, de las balas con mala saña, de todo lo prohibido, de ser la oveja color carboncillo…

Amo la generación que, con un poco más de esfuerzo, me hará pasar a la historia. Como dictaminó Bécquer: mejor recordado que vivo.

Ya sé lo que quiero ser cuando sea mayor muerta. Cuando me vaya, quiero ser la escritora muerta atormentada que abrace a un escritor vivo y le inspire lo que a mí no me dio tiempo a escribir.

La maravilla de Malasaña no es el ambiente bohemio que se ha apropiado, porque no lo tiene ni le pertenece. Es las tijeras con que cortó sus prejuicios y es todos los estilos sin destacar en ninguno.

Los sábados por la tarde me voy de paseo con Cervantes y ponemos a parir a Lope de Vega. Me cuenta que se retorcía el bigote y pasaba horas atusándose ese alambre ante el espejo. Y lo narra de forma tan graciosa que yo, aunque no soy de meterme con la gente, no puedo evitar echarme a reír. En cambio, los domingos por la mañana me pide Lope que hagamos esgrima con nuestras plumas y cada vez que me gana me espeta: «estás acabada, como Cervantes».

El lunes espero a almorzar a Poe y Stoker, así llevo mejor el inicio de la semana. Para que se sientan cómodos, almorzamos cuervos en mi hogar decorado como si fuera la casa del juez. Después, cerramos los ojos, mojamos ideas en café solo y más negro que nuestra esperanza, y cada uno a su tumba correspondiente.

Los martes son buen día. Yo nací un martes –aunque solo sea por eso–. Me gusta la ironía no dañina, la que hace reír, la que es suspicaz, directa y con la que empatizas. De modo que le pido permiso a Albert Cohen para que deje a Comeclavos venir a pasar el día conmigo y le tranquilizo diciéndole que Sylvie Lévery estará con nosotros. Si se pone muy tontorrón y empieza a gemir por Saltiel, Sylvie tocará una melodía en su piano mientras deja de pensar en las piernas de Noémie. Nosotras dos compramos tabaco a escondidas sin que Comeclavos se dé cuenta. Después, le devolvemos a su hogar. Sylvie y yo nos llevamos a la boca un cigarro tras otro mientras me detalla los espasmos eróticos de las piernas de Noémie, yo los poros latiendo de mi Musa, deseando llevarnos a los labios otra cosa. Luego, cada una a su casa a soñar con suicidios inofensivos.

El miércoles es un día que pasa sin más. ¿Será porque está en todo el medio de la semana? O como dicen los diletantes: «el miércoles es el ecuador de la hebdómada». Lo único destacable de ese día es que me baja la regla y me vuelvo soez, cochina y arisca. Toda la parsimonia se me pasa. Estoy cachonda y, al mismo tiempo, no quiero que nadie me toque, ni siquiera deseo que mis fantasías rocen mi mente. Me tumbo en la cama, cierro los ojos y las piernas y agoto veinticuatro horas sin moverme.

Mañana más.

El jueves siento ganas de arrojarme por la ventana pero se me pasan cuando recuerdo que me quedan patatas fritas picantes en la despensa y un refresco de sandía. Recuerdo que tengo el tabaco recién comprado. Lío un cigarro, cierro con candado la ventana y me siento a su lado para hacer las paces con mi interior defectuoso. Aprieto la burbuja del filtro que hace que cambie a sabor mentolado, tutti-frutti o como sea que lo haya comprado –siempre cojo la bolsita al azar–, y fumo sonriendo, no sé muy bien por qué.

El viernes es el día –o lo fue durante mucho tiempo– en que quedaba con dos de mis mejores amigos para jugar a la ruleta rusa conmigo misma sin que ellos lo supieran.

Y tengo un hueco reservado para el Maestro cuando le toque –ojalá sea dentro de mucho, aunque lo dudo–.

© Sara Levesque 2021

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