Nunca una lluvia me sentó tan bien

Nunca una lluvia me sentó tan bien

Al pensar en ti, tengo el corazón bipolar. He desarrollado una gran facilidad para sentir esperanzadora libertad; también mis lágrimas por tu ausencia se deslizan con mortal honestidad. No me hace ninguna gracia, en verdad.

Me preocupo tanto por ti que, en ese abrazo eterno bajo la lluvia que nos regalamos después de Navidad, quería soltarme por si tú sentías esa necesidad, a pesar de que mi cuerpo ansiaba quedarse a vivir junto al tuyo y recorrer de la mano de tu mirar todos los parques de la ciudad.

Me agobia pensar que, de lo que siento, tú solo quieras conservar una amistad. Para mí, va un paso más allá, lo admito con toda mi bondad. Esta vez no voy a tener piedad. Confesarte mis sentimientos es mi prioridad. No quiero enfermar de soledad hasta la eternidad. Por eso te revelo que, bajo un aguacero torrencial, pasear a tu lado por el bosque se convirtió en una calurosa actividad. No te has dado ni cuenta y me has rescatado de la más opaca oscuridad. ¿Cómo no voy a amarte si tu hilaridad bajo las nubes le hizo el amor a mi felicidad?

Supongo que, por eso, nunca una lluvia me sentó tan bien, es la realidad.

© Sara Levesque 2021

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