Espero…

espero...

Espero…

Espero no molestarte si te digo que no sé cuánto más aguantaré sin conocer tus costumbres y manías. Tus “déjame en paz, que tengo las ganas vacías” y tus “ven aquí, que te voy a dejar las caderas doloridas”.

Espero con ambición el momento de nuestra próxima reunión, cuando se libere la presión y podamos compartir juntas nuestra más cálida emoción, por qué no decirlo, sobre un mullido colchón o delante del telón. Si me pongo en plan cerda, confieso que me muero por alimentarme de tus pezones en erección. Si aparco las groserías por un día, deseo hacerte un chupetón en el Alma y besarte las heridas que quieras poner a mi entera disposición.

Espero y anhelo lamer tu mirada del color del cielo, beber de entre tus piernas tu néctar sabor caramelo, poner los ojos en blanco cada vez que te huela el pelo, echar a rodar por el suelo como si estuviéramos en celo…

Espero que algún día la Vida nos una, poder confesarte a la luz de la Luna que te adoro más que a ninguna, y que si te entran ganas de llorar, estoy dispuesta a ahogarme contigo en tu laguna.

Pero, en especial, lo más vital, aunque suene visceral, es que si tu Corazón sigue siendo de metal, espero que llegue el día en que pueda dejar de esperarte y que ese sea nuestro juicio final.

© Sara Levesque 2019

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