Me piro, vampiro

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Me piro, vampiro

Hoy no sé sobre qué escribir. Estamos en otoño, mi estación favorita, en la que se supone que menos expiro. La más romántica, donde suele triunfar lo que el resto del año permanece sumergido. Sin embargo, es como si a mi bolígrafo le hubieran pegado un tiro. No paro de evocar aquellos momentos en los jardines del Retiro en que nos recostábamos sobre un profundo follaje y me lamías el cuello como un insaciable vampiro, queriendo hincarle el diente a mis labios más prohibidos. En vez de hacer sonar los muelles de la cama, nuestros cuerpos reventaban a crujidos una cama de hojas cobrizas como si arrugáramos un otoñal papiro.

Todo fue muy colorido hasta que nos atropelló el día en que paseábamos por este parque y tú llevabas el ceño más que fruncido. Tu rostro parecía hundido. Te pregunté qué ocurría y contestaste con un gruñido. Los tonos ocres y verdosos que septiembre había tejido en nuestro recorrido no hicieron mella en tus pupilas: nuestro Amor había concluido. Y en medio de ese lugar, con el asfalto lloroso por haber llovido y los pétalos de entretiempo bailando en atrevidos giros, me soltaste sin titubeos: “ya no eres el aire que respiro. Que te jodan, yo me retiro”.

Me quedé con el Corazón desnutrido, observando cómo te alejabas derrumbando todo cuanto habíamos construido. Si fuiste capaz de hacer eso, sin importarte el cariño que nos hemos tenido, por mucho que el otoño sea el escenario ideal para que los enamorados suelten un sinfín de suspiros, lo siento, cielo, pero yo también me piro.

© Sara Levesque 2019

 

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