Y desaparecieron sin más

y desaparecieron sin más

Y desaparecieron sin más

Debido a que el paso del tiempo ha alterado muchos datos, la historia puede que no coincida con la realidad. Esto es lo que he alcanzado a husmear en los documentos más veraces que he sido capaz de encontrar.

 

Faltaba poco para que acabara el siglo de la industrialización. Mucho se ha escrito sobre el tema; aún se desconoce qué pasó.

El presunto Jack “el Destripador” rozó la historia con su teoría sobre la conspiración. Fue otra idea arrojada al mar; me pregunto si acertó…

Un bergantín, la familia Briggs más la tripulación, alcohol desnaturalizado como mercancía y en esta narración un suculento borrón.

El barco fue rebautizado para la travesía en cuestión, ¿el inicio de la maldición? Aún no ha zarpado del puerto, veamos lo que aconteció.

 

Nuestro navío emergió en el planeta con el nombre de Amazon. Canadá fue su cuna, su nación. Desde el principio algo no marchaba con precisión. Tres tropiezos iban a marcarle antes de llegar a las manos del asunto sobre el que trata esta discusión.

El primer capitán enfermó a bordo, nunca se recuperó. El segundo intentó completar el viaje anterior y, en sentido literal, lo consiguió. Por el camino colisionó y, en el canal de la Mancha, hasta un barco hundió.

Volvió a cambiar de manos, por unos años la maldición amainó. En otro trayecto, una tormenta surgida de la nada lo tronchó. En la Isla del Cabo Bretón fue donde sucedió. Su nuevo dueño, temeroso por los antecedentes del navío, voluntariamente lo abandonó.

 

Hecho pedazos y rodeado por el fantasma de la condena, acabó en otras manos que pensaron que aquel enorme pedazo de madera sí merecía la pena. Queriendo amputarle tal espina perversa cambió su bandera, el nombre y unos planes que se desarrollarían a la inversa.

Se forjó una consistente unión entre Briggs, su esposa e hija y toda la tripulación. El otro pequeño del oficial quedó en tierra, del desastre se salvó.

Hacia Italia zarpó desde la ciudad que nunca duerme ni alcanza a soñar, con una acogedora autoridad. Tras un mes sin problemas al viajar, nada les hacía sospechar lo que estaba a punto de pasar.

Superando las islas Azores, llegando a Portugal, otro barco con el que tenían amistad se le acercó por detrás. Morehouse, su capitán, observó asombrado su estática actividad, como en equilibrio por la paz. Realizó llamamientos y, ante el silencio, no insistió más. Pidió a su primer y segundo oficial que subieran a bordo para inspeccionar.

Lo que hallaron heló la sangre en sus venas: el panorama más bipolar. La nave que estas palabras relatan parecía desahuciada en mitad del hundido mar, abandonado media hora atrás y, también, tras un período quincenal. Ni pasajeros, ni tripulación, ni capitán.

Mucho se ha supuesto sobre lo que pasó en realidad. Todas las suposiciones nacieron con un agujero voraz. Sangre en una espada hizo pensar que un motín fue el motivo principal. Al analizarla se reveló que era óxido, en verdad. Invasión de piratas tampoco fue un argumento sagaz, las joyas y el dinero permanecían en su lugar. La creencia de una tormenta o maremoto solo sirvió para especular. Un botecito de tinta en equilibrio en el camarote del capitán se sostenía en pie cuando Morehouse ordenó comenzar a explorar.

 

Con mi escaso conocimiento, pienso que el mismísimo Leviatán transformado en  un gigantesco calamar pudo hacerles gritar. El bote salvavidas fueron capaces de botar. Pero, ateridos de miedo, equivocaron el rumbo y se extraviaron en la empapada inmensidad.

Doce años y quince capitanes después de un suceso tan descomunal, su último dueño lo estrelló a propósito en Haití con firmeza visceral, poniendo a la navegación de la embarcación su punto y final.

 

Se perdieron junto al tiempo en el remolino del firmamento celeste todos los integrantes del bergantín Mary Celeste. Su misterio será un mar de dudas hasta que la Luna, al final del horizonte, para siempre se acueste.

© Sara Levesque 2019

 

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