Wekufe, parte II

wekufe 2 1

Wekufe, parte II

Transcurrida la semana pertinente de preparativos, ambos exploradores se encontraron en el punto de origen acordado, dispuestos a hacer frente a un ambicioso proyecto por el que esperaban pasar a la historia como pioneros en el impenetrable bosque de rocas de Mangkalihat.

Con el equipo a punto, fletaron un lujoso avión desde Neufchâteau hasta Hong Kong. Una vez allí, se subieron a bordo de un barco del que ya no bajarían hasta pasados varios días. Un navío que, para los gustos del joven Griffith, dejaba mucho que desear –en comparación con las comodidades a las que estaba acostumbrado–. Curtido en  todo tipo de confort y aburguesamientos, no se supo adaptar bien. Quejándose de fuertes mareos, permaneció gran parte de la travesía encerrado en su modesto camarote, saliendo exclusivamente para comer, y siempre con una mano en la frente, dejando a su pobre y pequeño compañero colaborar él solo junto a la tripulación.

En Comtois, este comportamiento no despertó ningún tipo de sospechas. Incluso le parecía gracioso el teatrillo de su colega para librarse de las tareas. El pobre Comtois, sin un ápice de maldad en su honesta forma de ser, hizo caso omiso de esa actitud y le recomendó que aprovechase para descansar y reservar así todas sus energías. Las iba a necesitar. Griffith no tuvo problemas en cumplirlo. El barco, de unos veinticinco metros de eslora y tres de manga, combinaba velas con un paupérrimo motor que no inspiraba confianza y tosía remolinos de humo negruzco. Había sido bautizado con el bello nombre de Dei Path. El capitán, en un intento de distraer a sus dos pasajeros, en especial al más joven, les reunía en la cubierta cada noche, dispuesto a contarles alguna anécdota para distraerles. Comtois, con las rodillas apretadas contra su pecho, escuchaba con atención. Su compañero, por el contrario, y sin ningún tipo de pudor, colocado en idéntica posición, se quedaba dormido como un lirón.

wekufe 2 2

El mar de Sulu meció con sosiego al Dei Path durante cinco jornadas, hasta adentrarse en el cristalino mar de Célebes. Después de una semana de viaje sin apenas contratiempos, el Dei Path llegó al apéndice este de Indonesia, a Mangkalihat, en la península de Borneo Kalimantan, rodeada por un mar de piedras calizas en medio de un bosque selvático. Acordaron la recogida para cuatro días después, se colgaron las mochilas al hombro y se adentraron en la comunidad de rocas llenas de musgo y limo, aceptando su bienvenida.

El paisaje uniforme resultaba abrumador. El profundo silencio que les envolvió solo era interrumpido por las hojas de los lejanos árboles frotándose entre ellas, y las olas del mar rompiendo en la orilla. Tras eso, no se escuchaba nada. Nada.

wekufe 2 3

Los hombres consultaron su mapa y se adentraron rumbo suroeste, con Comtois a la cabeza. Griffith iba pegado a sus pies, dejándose guiar por la firmeza de su compañero.

–¿Sabes usted a donde va? ¿Por qué parece tan seguro? –observó con los ojos como platos sin dejar de mirar a todos lados con gestos nerviosos. Esa desconfianza le hizo meter un pie bajo una rama semioculta. Poco faltó para que cayese de boca al suelo.

–Usted limítese a no separarse de mí, querido Griffith. No se aleje mucho. Esto es más laberíntico de lo que imaginaba. Sería terriblemente fácil extraviarse.

–¿Hacia dónde nos dirigimos? –masculló el joven francés.

Comtois no respondió. Griffith tampoco insistió. Después de una angustiosa hora de marcha, se sentaron en una enorme roca plana que a Griffith le recordó vagamente a los tepuyes venezolanos. Consultaron de nuevo el mapa.

–Fíjese, Jon –Comtois posó su rechoncho dedo en un punto del plano–. Nuestro objetivo está pasado el río Mandawai, más hacia el oeste. A unos veinte kilómetros de aquí –miró hacia Griffith, que se masajeaba el tobillo con gesto de dolor–. Vaya despacio y vigile bien dónde pone los pies. Este no es el lugar más adecuado para romperse una pierna.

–¿No me diga? –refunfuñó, irónico. Se incorporó tambaleándose y reanudaron la marcha.

Días antes, el capitán del Dei Path les había comentado que la zona de la isla que deseaban explorar estaba deshabitada. Comtois se regocijó con la noticia. No tendrían el problema de encontrarse con nadie que les interrumpiese.

wekufe 2 4

Ninguna persona podía vivir en un hábitat tan voraz como aquel. Un bosque de piedra donde no existían los caminos. Solo infinitas posibilidades de ser engullido, cada una más mortal que la anterior. Un océano de riscos enredados entre sí, arropados por un mullido manto de vegetación que dotaba de cierta paz al lugar. Paredes verticales, lisas, escurridizas, interminables… Un paraíso letal pero muy hermoso. No se apreciaban aves ni ningún tipo de animal. Lo único vivo era la concentrada selva y ellos dos. El sol les cubría con ímpetu desde el punto más alto del cielo. El calor y la humedad eran cada vez más bochornosos, infernales. Ni una sola nube les tenía compasión. No tardaron en empaparse con su propio sudor. La leve brisa que soplaba era casi inapreciable. Les refrescaba más el aire de sus profundos jadeos.

–¿Tiene algo para protegernos contra el espíritu del que me habló, Comtois?

–¿Sabe, Jon? Le noto extrañamente falto de emoción. Desde que hemos llegado solo ha formulado preguntas. Y con un hilo de voz, si me permite el apunte –Griffith iba más pendiente del suelo que del objetivo que les había conducido allí–. Relájese, amigo. ¡Mire a su alrededor! Fíjese qué vistas, qué aire tan puro, qué dulce soledad. Disfrute de este entorno idílico, que en la ciudad no existe. Y sí, tengo algo para protegernos de Wekufe.

Comtois rebuscó bajo el cuello de su camisa y sacó una especie de amuleto atado a un cordel ocre. No mediría más de cinco centímetros. Era una especie de figurita de ojos saltones con la lengua fuera, custodiada por dos feroces colmillos, tallada en madera y sin colores.

–Está bien, sigamos –resopló Griffith, cada vez más convencido de que ese viaje no había sido buena idea.

Cuando alcanzaron el corazón del bosque, vislumbraron a lo lejos una roca que rompía con la armonía de las demás: todo el paisaje era una masa de paredes de medio tamaño, grises y lisas. Aquella era mucho más grande, cuyo color tornaba a negro.

–¡Caramba! Y esta roca, ¿por qué es negra? –preguntó Griffith de repente.

–Quizá porque le da la sombra del árbol que tiene al lado, amigo. ¿Lo ve? –respondió Comtois, señalando al susodicho.

Griffith examinó a su compañero con expresión indescriptible. Empezó a oscurecer. Aún les faltaban varios kilómetros por recorrer. La repentina noche les refrescó hasta el punto de que el sudor pegado al cuerpo les obligó a tiritar. Comtois se abrochó la cazadora hasta cubrirse todo el cuello. Sacó una linterna y buscó con ella a su compañero.

wekufe 2 5

–¿Tiene usted una? –le preguntó, mientras veía cómo se le acercaba apresuradamente.

–No. He traído una caja de cerillas. Y una vela.

–Una vela… en un bosque. Bien, no se alarme. En la bolsa tengo otra de repuesto.

–Démela, yo la llevaré.

–Bah… no es necesario. No cabe posibilidad alguna de que nos separemos –Comtois miró a su alrededor, resoplando satisfecho–. Acamparemos aquí. Continuar de noche puede ser peligroso, ¿no le parece?

Griffith se mostró indiferente ante tal comentario. Se descolgó la mochila y ambos exploradores se prepararon para pasar su primera noche en los bosques de Indonesia.

© Sara Levesque 2019

2 pensamientos en “Wekufe, parte II

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .