No me muerdas – Confesión

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«No me muerdas» – Confesión

–Me desperté completamente desnuda, temblando –hizo una pausa–. Tenía… Tenía heces en el suelo, a mi lado. Me había orinado también… –Una de las personas del grupo terapéutico, una mujer regordeta de mediana edad, relataba cada detalle de su escabrosa experiencia sin despegar la vista del suelo. Con la cabeza agachada se le formaba una segunda barbilla rebosando sobre la primera–. Después de comprobar por infinita vez que era incapaz de dejar las drogas, decidí coger una pistola y acabar con todo. No soportaba más hundimiento. Pero ni siquiera para eso tuve valor. Luego se me ocurrió la absurda idea de darme una ducha para “despejarme” y me desnudé…

Mientras la mujer hablaba, Emma pensó por qué cuando intentabas suicidarte y no lo conseguías, luego querías ducharte. ¿Era para “limpiar” tu cuerpo de la casi muerte, o era porque todos querían masturbarse para ser conscientes de que seguían vivos?

–- …pero rompí a llorar en el suelo del baño, en posición fetal, hecha un ovillo. No recuerdo más hasta que el fétido olor de mis propios excrementos me despertó. Seguía en la misma posición. Nada había cambiado para mí…

Las palabras de la mujer regordeta eran humillantes para los demás pero no para quien había tocado fondo. Al menos así pensaba Emma. Gracias a su poderosa imaginación, dibujó en su mente todas y cada una de las palabras de aquel escatológico relato, y no pudo evitar que asomara una fina risilla en su rostro, al imaginarse a la “mujer marrón” sacando a pasear al perro. Sabía que no era lo más adecuado. Levantó la vista, echando una ojeada a su alrededor. El resto de personas, incluyendo a la indiferente doctora y la asistente social con su sonrisa contratada, contemplaban a la mujer de rostro hundido, con una mueca evidente de asco, como si fuera la madre de todas las guarras. Emma sintió desprecio por aquella gente y por todo el general y se cruzó de brazos hasta que acabó la sesión. Había descubierto que los “pacientes” podían subir a la azotea, un lugar bautizado como “la ratonera”, gracias a los poderosos paneles de cristal que lo rodeaban. Imposible saltar desde allí. Fue primero al lavabo y después se dirigió allí. Al llegar, vio a una figura sentada contemplando el horizonte que se perdía dentro de sus ojos.

–Hola –dijo Emma, acomodándose a su lado.

Aquella figura la miró. Era la mujer de rostro humillado y doble barbilla. No respondió su saludo.

–¿Quieres? –preguntó Emma, ofreciéndole un cigarro.

Siguió mirándola con unos ojos duros, sin responder, sin parpadear.

–Parece que lloverá –comentó, en un tercer intento de iniciar una conversación.

La mujer, que tampoco respondió, se levantó con evidente enfado.

–Te comprendo –dijo Emma, en su último intento, acariciándose la nuca.

–¡Tú qué vas a comprender! –soltó aquella mujer de la que aún no sabía ni el nombre.

–Yo también intenté suicidarme.

La mujer se detuvo en seco, sin darse la vuelta, esperando a que Emma dijese algo que confirmase sus palabras.

–La mayoría de la gente ahí dentro –refiriéndose a su grupo–, lo ha intentado, pero ninguno lo admite.

–Tú tampoco lo has dicho.

–Ya… Pero yo soy de pocas palabras. Si hubiese tenido ocasión, lo hubiera comentado. ¡Qué me importa a estas alturas lo que opinen los demás! Soy una suicida –concluyó, encogiéndose de hombros.

La mujer se giró poco a poco, con temor de enfrentar sus miradas. Cuando por fin se atrevió, Emma le tendía una mano. Regresó a su altura y se sentó junto a ella, estrechándosela.

–Creo… –titubeó–… Creo que te aceptaré ese cigarrillo.

Emma volvió a sacar el paquete.

–Gran parte de los que están ahí dentro juzgan a los demás para no aceptar que se sienten inferiores. Pero yo no. No te juzgo. Te comprendo.

La mujer resopló, abatida.

–Es vergonzoso lo que he contado.

–Solo para ti. Los demás cargamos con nuestras propias vergüenzas.

–¿Ah, sí? ¿Cuál es la tuya?

–Después de intentar tirarme por la ventana y dejar la coca como mil veces, me encerré en el baño con whisky y pan bimbo. ¿Y sabes qué es lo peor?

–¿Qué?

–¡Que odio el puto whisky!

Aquello hizo que ambas mujeres soltaran unas carcajadas.

–¿Cómo te llamas? –quiso saber la fotógrafa.

–Ruth.

–Emma –dijo la joven, tendiéndole de nuevo la mano a Ruth, cuya cabeza casi hace “pum”.

–¿Tienes pareja? –preguntó Ruth.

“¿De verdad eso es lo primero que me ha preguntado? ¿Tal vez Ruth-cabeza-Pum quiere un polvo rápido? No me apetece mucho lamer ninguna de sus barbillas”, pensó Emma resoplando.

–Yo no tengo relaciones, tengo dilemas. Es… Soy complicada. Dejémoslo ahí. ¿Y tú?

“¿Por qué todo radicaba en tener pareja? ¿Por qué era tan inmediata la necesidad de atarse a alguien?”, se preguntaba atónita. Aunque trataba de rehuir el tema también ella deseaba, en el fondo de su ser, darle una patada a la rutina y compartir su caos particular junto al desorden de alguien. Tal vez fuera eso lo que buscaba. Alguien inconformista y revolucionario…

© Sara Levesque 2018

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