No me muerdas – Puzle

puzle

«No me muerdas» – Puzle

–Deberías dejar la coca.

Pascal contemplaba con preocupación a la artista sin dejar de menear su bebida. Eran amigos desde niños. Uno de los pocos amigos que conservaba de la infancia. Se conocieron en un entrenamiento de baloncesto. Todos los niños se burlaban del joven Pascal porque sus lanzamientos siempre acababan desviados. Había nacido con un defecto congénito y le faltaban los meñiques de ambas manos. En una de las mofas, Pascal se alejó de la cancha, cabizbajo. Emma se fijó en aquella sombra de metro cincuenta tan abatida. Sintió deseos de ir a consolarlo.

Se acercó hasta él y le tomó ambas manos. Las puso ante sus ojos y examinándolas como un científico analizaría una probeta llena de líquido colorido, con morbosa curiosidad. Acto seguido, sin saber por qué, le dio un beso en cada hueco donde debían estar los dedos ausentes. Pascal le sonrió y desde entonces fueron inseparables. Con él siempre había notado una confianza fuera de lo común, igual que la conexión especial que solo surge entre dos almas gemelas, algo así como si supieran lo que pensaba el otro antes de expresarlo. Eso facilitaba las cosas a la hora de sincerarse.

–No estoy enganchada. Tomo cuando quiero.

–Pues no deberías querer nunca –la miraba de un modo que a Emma le incomodaba.

Él y su madera de protector. Ella no soportaba sentir que, en vez de su amigo, quisiera ser su maldito padre.

–No te voy a preguntar por qué te drogas. A veces, cuando nos preguntamos el “por qué” de algo, nos culpabilizamos. Te voy a preguntar para qué te drogas.

–Imagino que para huir, no sufrir, refugiarme… ¡Yo qué sé!

–Si sigues por ahí, te pasarás de la raya. Literalmente.

–Voy a un grupo de terapia para depresivos y adictos.

–Eso es un pequeño paso. ¿Y qué tal te va?

–Dicen muchas memeces –Emma fumaba un cigarrillo tras otro, como si quisiera calmar la inmediata necesidad de chupar algo, ahora que ya no podía lamer ni morder los pechos de Elizabeth–. Pero la última vez preguntaron nuestras inquietudes. Lo que nos hacía felices. Yo les hablé de la fotografía. Y hubo un hombre con unas ojeras tan profundas que cualquier oso panda se habría enamorado de él, que afirmó haber sido actor de teatro antes de casarse.

Se produjo un breve silencio en el que Emma agitaba sin descanso su café mientras fumaba ansiosa. Su estómago protestó con una pirueta.

¿Cómo era ese dicho…? ¿Café y cigarro, muñeco de barro?

–¿Y? Sigue –le animó, sin dejar de zarandear su Martini. Los hielos tintineaban produciendo gélidos acordes.

–Pues que eso me hizo pensar –estampó lo que quedaba del cigarro en el cenicero de cristal con demasiado ímpetu–. Tengo un dinero ahorrado. Me he apuntado a una escuela de arte dramático para aprender teatro.

–Eso está muy bien. Es un pequeño avance, ¿no crees?

–Tú y tus “pequeños” ánimos –resopló–. La terapia es ridícula. La asistente nos mira con cara de “oh, pobrecitos” escupiendo obviedades, y la doctora se pasa la sesión mirando por la ventana sin prestarnos atención. Aun así me encuentro más animada desde que voy –admitió, recelosa.

Emma era una persona tremendamente desconfiada y cerrada. A pesar del muro en el que se empeñaba en vivir, su trabajo y su peculiar estilo fuera de lo común la convertían en una persona admirable, de esas que llaman la atención, pero con la que difícilmente apetece convivir más de media hora seguida.

–¿Y qué vas a hacer? ¿Qué tienes en mente?

–Marcharme. Me voy de la ciudad. Aquí hay demasiados recuerdos y demasiados vicios. Mi hermano me ha sugerido que vaya a vivir con él. Eso es lo que haré –Emma relataba sus planes sin dejar de asesinar la colilla en el cenicero, destripando las briznas de tabaco con dos dedos.

–¡Tú no soportas vivir con nadie, ni siquiera con tu hermano!

Un fuerte silencio se produjo entre ambos. Emma sintió el impulso de estamparle el puño a su amigo en la boca. Pascal lo averiguó en su mirada.

–Perdona –se disculpó–, a veces mi lengua es como una estampida –levantó sus cojas manos en señal de disculpa–. ¿Por qué no te vas a mi casa de campo? La quiero alquilar. Estarás sola, como a ti te gustan las cosas –dijo esto último con cierto sarcasmo–. Podrás centrarte en el teatro, en tus fotografías o en lo que necesites. Y ordenar lo que sea que pasa por esa cabezota tuya.

Pascal, ligeramente molesto porque Emma no había acudido a él cuando intentó suicidarse, no podía evitar envolver sus palabras con cierta sátira. Parecían un matrimonio que llevaba demasiado tiempo junto.

–Sí. Me parece mejor idea. Gracias –resopló Emma, metiéndose en la boca otro cilindro de alquitrán.

–¿Te puedo hacer una pregunta?

–Dispara…

Eso hubiese sido más rápido que la ventana, estúpida…

–¿A quién ves cuando cierras los ojos?

Emma se quedó boquiabierta. Pascal podía ser muy directo. A veces, demasiado. Pero aquello no se lo esperaba.

–Veo muchas mujeres. Y ninguna es Elizabeth.

–¡Pero hazlo!

Emma lo hizo, refunfuñando. Efectivamente, ninguna era Elizabeth.

–Eres complicada, mujer… –Pascal se frotó los ojos con fuerza, como si le picasen, intentando encontrar una solución al puzle que era la mente de su amiga. A Emma, en aquellos momentos, le daba igual si su rompecabezas particular terminaba en final feliz. O terminaba, a secas.

© Sara Levesque 2018

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