No me muerdas – Primer paso

primeros pasos

«No me muerdas» – Primer paso

Pensó en Elizabeth, pero desde hacía tiempo se aburría sobremanera con ella. Ni siquiera el sexo le llenaba ese vacío. Un vacío tanto metafórico como físico. Se había vuelto impersonal, predecible. Acercándose sobre ella la negra tempestad de la tristeza, de repente se le iluminó la conciencia. Regresó al apartamento y cogió su cámara. La fotografía era su pasión, y había conseguido convertirlo en su trabajo. Salió de nuevo a la calle, capturando con voracidad todo cuanto se le cruzaba ante el objetivo, presa de un frenesí artístico, apropiándose momentos en busca de la imagen perfecta. O de una respuesta. La fotografía en blanco y negro era su especialidad. Quizá porque así apreciaba su vida. Aunque no era muy famosa, contaba con cierto prestigio y podía vivir de ello, de manera modesta.

Caminó sin rumbo fijo, retratando y paseando, recordando y olvidando, vacilando y tropezando. El sol sonreía y eso le levantó un poco el ánimo. Llegó hasta un edificio colosal, sin saber muy bien en qué parte de la ciudad se encontraba. Preparó su cámara y apuntó hacia la puerta principal. Ajustó el objetivo, buscando la mejor visión y entonces reparó en un cartel sujeto sobre la entrada. Afiló aún más el zoom para poder leerlo sin acercarse.

ALIANZA DE APOYO A PERSONAS CON DEPRESIÓN.

HORARIO: 11:00 A 13:00 Y 16:00 A 18:00

DIRIGIDO POR LA DRA. REBECCA NALLA.

De repente, sintió mucha hambre y pensó que allí podría encontrar comida y consuelo. El nubarrón la perseguía, a pesar del radiante día. Su corazón no llevaba chubasquero. Con la cámara y la pena colgadas al cuello y las manos colgadas dentro de los bolsillos se dirigió al edificio. Entró y una fría habitación con las paredes pintadas de azul hospital la abofeteó. Con un pie mirando hacia la salida y otro hacia el pasillo, se dejó llevar por la visión de una joven muchacha que sostenía unas carpetas bajo el brazo y parecía tener mucha prisa.

Siempre te han llamado más dos tetas que dos carpetas.

La siguió sin saber muy bien por qué y fue a parar hasta la puerta de la reunión en cuestión. Estaba entreabierta. Permaneció en el umbral espiando, escuchando. Se le pasó por la cabeza entrar. Vislumbró un corrillo de sillas en círculo, todas ocupadas y pensó en marcharse. Entonces cayó en la cuenta de que podía asistir a la reunión sin que nadie supiera que estaba allí. Continuó detrás de la puerta, sin dejarse ver, pendiente de todo cuanto se decía.

 

Pasó una hora completa y Emma sintió que ya había oído suficientes lamentos. Dio media vuelta y entonces se tropezó de bruces con la mujer con prisas.

“Ya no lleva las carpetas”, pensó. “Al menos conserva sus…”

–Puedes pasar tranquila –le dijo con cortesía, interrumpiendo su obsceno pensamiento.

–Solo estaba de paso –Emma respondió lo primero que se le ocurrió. Era obvio que mentía. ¿Quién estaba de paso en un grupo de terapia?  

–Toma –la chica, que no llegaría a la treintena, le tendió un folleto–. Aquí tienes toda la información de ese grupo en concreto –dijo, señalando la puerta tras la que la fotógrafa se había escondido–. Eres bienvenida siempre que lo necesites.

Dio media vuelta y desapareció tan rápido como había llegado. Emma permaneció un poco aturdida. No sabía por qué aquella mujer la trataba con dulzura si no la conocía. Supuso que era el protocolo ante las personas depresivas. Pero ella no tenía depresión. ¿O sí?

Sin haber encontrado comida y sin saber cómo reaccionar, arrugó el papel y lo olvidó en el suelo, olvidándose también del grupo y de aquella mujer con prisas. Se atusó los revoltosos cabellos color caramelo y salió del edificio, sintiéndose desterrada de sí misma, aceptando que su vida se la estaba comiendo viva.

 

Al llegar a su apartamento apreció de reojo una luz parpadeando en el teléfono. Un mensaje. Fue hasta el aparato, adivinando quién sería. Elizabeth había dejado cuatro mensajes, cada uno con mayor grado de histeria. No tenía ganas de enfrentarse a ella, más que nada porque ya no le quedaban excusas.

Después de armarse de valor, cogió el teléfono y antes de que Elizabeth empezase con su escena de mujer herida, le dijo que iba para su casa. Fue, hablaron y rompieron. Punto.

© Sara Levesque 2018

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.