Ayer

ayer

Ayer, un día no como otro cualquiera, me senté a redactar mi nota de suicidio.

Comencé con lo típico: cuando leas esto, ya estaré muerta, bla bla bla… “Qué poco original”, pensé. Hice un borrón a la frase y la empecé de nuevo, con más prosa. Me dejé llevar. Mi mano se movía sola, no era consciente de las órdenes de mi cerebro. Cuando quise darme cuenta, había rellenado el folio casi por completo.

Entonces, mi aterrada mente se espabiló y entendió algo: sentía que me importaba lo suficiente ese pedazo de papel empapado por las lágrimas. Al menos lo justo como para esperar a acabarlo del todo.

Al final, la ventana acabo siendo cosa del ayer.

 

© Sara Levesque 2017

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